SOLEMNIDAD DE LOS DOLORES DE NUESTRA SEÑORA

15 de Septiembre, Solemnidad de
Nuestra Señora,
Reina y Madre de los Dolores



H
oy  nos  congregamos ante ti oh Reina Servita, hoy venimos ante tu maternal presencia para acompañarte y aliviar el tremendo pesar que sufre vuestra alma, oh hermosa doncella afligida, que muestras en cada una de tus siete lágrimas que por tus mejillas resbalan los dolores que padeciste a lo largo de tu vida terrena.

Dolores, esa advocación tan universal, que a lo largo de los siglos ha permanecido siempre junto a todo cristiano en cualquier lugar del mundo; ayudado por la Iglesia que siempre ha sabido mostrar el llanto de María en la Vía Dolorosa, pero no un llanto precedido por la derrota, sino mostrando esa fuerza y entrega de la Madre a los designios del Padre.

Esta devoción alimenta el espíritu de compunción, nos da gran consuelo, fortalece la confianza de Dios y nos da especial protección de la Santísima Virgen. La Madre de Dios le dijo en una oportunidad a Santa Brígida: "No importa qué tan numerosos sean los pecados de una persona. Si se vuelve a mí con un sincero propósito de enmienda, estoy preparada para recibirle con mi gracia, porque Yo no tomo en cuenta el número de pecados que ha cometido, sino que me fijo con la disposición que vienen hacia mí; yo ya no siento aversión por curar sus heridas, porque yo soy llamada y soy la Madre de la Misericordia". Madre de Misericordia que seguía fielmente los pasos del Señor, su amado Hijo. Eran más de treinta años que Ella esperaba el día anunciado en el que “una espada de dolor le habría de traspasar el alma”.

Por último, cabe mencionar como la tradición ha puesto generación tras generación en la boca de la Virgen, el lamento del profeta Jeremías: “Oh vosotros que pasáis por el camino, mirad si existe un dolor semejante al mío…”

Dispongámonos pues a vivir este día en torno a Nuestra madre, Dolorosa y afligida, con el alma atravesada hasta siete veces por la espada del dolor, y con su Santísimo Hijo nuestro Señor.

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En el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo, tres personas distintas y un solo Dios Verdadero. Antes de comenzar esta celebración en la que conmemoramos los Dolores de María, postrémonos como almas arrepentidas pidiendo perdón por nuestras faltas.

“Yo confieso ante Dios todopoderoso…”

Dios Todopoderoso, Padre de misericordia, que con inefable designio de tu providencia dispusiste que nuestra Señora, por medio de los siete santos Fundadores, suscitara la familia de los Siervos de María en torno a sus Dolores Gloriosos: concédenos que, dedicados plenamente al servicio de la Virgen, te sirvamos a ti y a nuestros hermanos con mayor fidelidad y entrega. Por nuestro Señor Jesucristo tu Hijo, que contigo vive y reina en unidad con el Espíritu Santo, y es Dios por los siglos de los siglos. Amén

Señor ten piedad
Cristo ten piedad
Señor ten piedad

“Gloria a Dios en el cielo…”

Oremos: Concédenos, Señor, por intercesión de la Virgen María, cuya gloriosa memoria hoy celebramos, hacernos dignos de participar como ella, de la plenitud de tu gracia.

Por Jesucristo nuestro Señor. Amén

Primera Lectura
Lectura del libro de los Hebreos 5, 7-9

Cristo, en los días de su vida mortal, a gritos y con lágrimas, presentó oraciones y súplicas al que podía salvarlo de la muerte, cuando en su angustia fue escuchado.

Él, a pesar de ser Hijo, aprendió, sufriendo, a obedecer. Y, llevado a la consumación, se ha convertido para todos los que le obedecen en autor de salvación eterna.

Palabra de Dios

Sal 44
R. De pie a tu derecha está la reina, enjoyada con oro de Ofir.

Escucha, hija, mira, inclina el oído,
olvida tu pueblo y la casa paterna. R.

Prendado está el rey de tu belleza,
póstrate ante él que él es tu Señor. R.

Las traen entre alegría y algazara,
van entrando en el palacio real. R.

Secuencia

La Madre piadosa estaba
junto a la cruz y lloraba
mientras el Hijo pendía.
Cuya alma, triste y llorosa,
traspasada y dolorosa,
fiero cuchillo tenía.


¡Oh, cuán triste y cuán aflicta
se vio la Madre bendita,
de tantos tormentos llena!
Cuando triste contemplaba
y dolorosa miraba
del Hijo amado la pena.

Y ¿cuál hombre no llorara,
si a la Madre contemplara
de Cristo, en tanto dolor?
Y ¿quién no se entristeciera,
Madre piadosa, si os viera
sujeta a tanto rigor?

Por los pecados del mundo,
vio a Jesús en tan profundo
tormento la dulce Madre.
Vio morir al Hijo amado,
que rindió desamparado
el espíritu a su Padre.

¡Oh dulce fuente de amor!,
hazme sentir tu dolor
para que llore contigo.
Y que, por mi Cristo amado,
mi corazón abrasado
más viva en él que conmigo.

Y, porque a amarle me anime,
en mi corazón imprime
las llagas que tuvo en sí.
Y de tu Hijo, Señora,
divide conmigo ahora
las que padeció por mí.

Hazme contigo llorar
y de veras lastimar
de sus penas mientras vivo.
Porque acompañar deseo

en la cruz, donde le veo,
tu corazón compasivo.

¡Virgen de vírgenes santas!,
llore ya con ansias tantas,
que el llanto dulce me sea.
Porque su pasión y muerte
tenga en mi alma, de suerte
que siempre sus penas vea.

Haz que su cruz me enamore
y que en ella viva y more
de mi fe y amor indicio.
Porque me inflame y encienda,
y contigo me defienda
en el día del juicio.

Haz que me ampare la muerte
de Cristo, cuando en tan fuerte
trance vida y alma estén.
Porque, cuando quede en calma
el cuerpo, vaya mi alma
a su eterna gloria. Amén.

Evangelio
Lectura del Santo Evangelio según san Lucas 2,25-35

Vivía entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, que era justo y piadoso, y esperaba el consuelo de Israel. El Espíritu Santo estaba en él y le había revelado que no moriría antes de ver al Mesías del Señor.

Conducido por el mismo Espíritu, fue al Templo, y cuando los padres de Jesús llevaron al niño para cumplir con él las prescripciones de la Ley, Simeón lo tomó en sus brazos y alabó a Dios, diciendo:

«Ahora, Señor, puedes dejar que tu servidor muera en paz, como lo has prometido, porque mis ojos han visto la salvación que preparaste delante de todos los pueblos: luz para iluminar a las naciones paganas y gloria de tu pueblo Israel».

Su padre y su madre estaban admirados por lo que oían decir de él. Simeón, después de bendecirlos, dijo a María, la madre:

«Este niño será causa de caída y de elevación para muchos en Israel; será signo de contradicción, y a ti misma una espada te atravesará el corazón. Así se manifestarán claramente los pensamientos íntimos de muchos».

Palabra del Señor

Padrenuestro / Ave María / Gloria